“Me
gusta Nueva York en junio”
Nunca
salgo de casa y tampoco uso despertador. Me despierta el sonido de la puerta
del tercero. Me llaman sin palabras con un suave toque del dedo índice y entonces
bostezo, me desperezo, me restriego los ojos, atusándome el flequillo frente al
espejo y subo lentamente silbando o canturreando la canción del verano. Al
llegar al piso indicado abro la boca como si estuviese en el dentista y los
vecinos me saludan en voz baja consultando sus relojes de pulsera. Los conozco
de toda la vida, pero no nos hacemos confidencias, sólo hablamos del tiempo, “parece que va a llover”. Una vez en el
portal se inquietan y parecen querer huir, como si mi compañía les aburriera. Yo
sé que no. Y muchas veces salen en volandas sin despedirse. Les veo en la acera
esperando a que pase un taxi amarillo. Disculpo sus respuestas monosilábicas o
sus miradas esquivas, ya que son personas muy ocupadas, que trabajan fuera de
casa. La verdad es que hasta que vuelven, ya cuando ha oscurecido, no los echo
de menos, aunque muchas veces me imagino paseando entre esos rascacielos
acristalados y comiendo el “lunch” en
un banco de Central Park. Subo y bajo tantas veces a lo largo de la jornada que
de vez en cuando con disimulo echo una cabezadita y me dejo llevar por el
vaivén como si viajara en metro. Me gusta escuchar las conversaciones de los
que pasan por la calle y la música que suena a lo lejos procedente de los
aparatos de radio del patio interior. Así paso el rato tan distraído y además
estoy al tanto de los resultados de la liga de beisbol. A veces recibo visitas
inesperadas. Entonces el portero cuelga un cartel de “averiado” o “en
revisión”. Esto me alegra mucho, porque son como unas vacaciones, duermo hasta
las tantas y hago lo que quiero, aunque en cierto sentido se parece mucho a ir
al médico. Después sorprendentemente ¡me siento como nuevo! Cuando me llaman
desde el garaje bajo, bajo y bajo, mientras me entretengo mirando el contenido
de las bolsas y los zapatos que llevan. Subo y bajo de nuevo. Así hasta que
poco a poco me duermo y sueño que duermo en una cama, que suena el despertador,
que me ducho con agua caliente y desayuno café con leche y tostadas…Me pongo la
gabardina y el sombrero. Ese día llego tarde al trabajo porque pierdo el autobús.
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